La Amazonia y otras selvas: rol en la vida del planeta

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El Amazonas tiene la mayor selva del mundo con un gran valor ecológico para todo el planeta, siendo definida como el pulmón de la tierra. Su biomasa es capaz de absorber inmensas cantidades de dióxido de carbono, esto es vital para el clima mundial.
Abriga probablemente más de 50% de las especies del planeta. La conservación de la selva amazónica se ha convertido en un tema fundamental en todas las reuniones mundiales sobre la conservación de la Tierra, ya que la deforestación es uno de los grandes peligros que la acecha.
Su desaparición acarrearía la pérdida de la fantástica reserva de futuras curas a muchos males que aquejan a la humanidad, así como el hábitat de millares de especies.Con un área alrededor de 6.000.000 km2, ha comenzado a presentar serias pérdidas en sus bosques pluviales, donde se muestra el profundo deterioro al que sigue sometida su biodiversidad por parte de países foráneos que la explotan y la comparten, sin que se adopten políticas comprometidas para su preservación.

Muchos de los cambios climáticos que se perciben hoy en el planeta y que ocasionan grandes catástrofes tienen que ver con la destrucción del Amazonas como reserva de equilibrio de todo el sistema terrestre.

Sobre las 1.200 millones de hectáreas tropicales húmedas analizadas entre 1981 y 1985 por los expertos de la FAO en 76 países, se destaca la desaparición de 7,5 millones de hectáreas anuales, de las que 3,4 millones de hectáreas desmontadas vuelven a convertirse en maleza cada año, dando como resultado un bosque secundario.

El resto se transforma en cultivos permanentes y en plantaciones forestales como sembradíos de café, cacaotales, palmas de aceite, caucho, en carreteras, lagos represables, ciudades y también en desiertos.

Hace tiempo que la selva del macizo peri-amazónico de la América Central, Yucatán, Costa Rica y Panamá ha sido reducida de manera importante. Sin embargo,  las haciendas extensivas siguen proliferando, lo que permite todavía planificar el desarrollo y evitar la explotación inmisericorde de la riqueza natural que allí existe.

Las selvas de varios países africanos han ido desapareciendo y otras se redujeron de manera drástica, producto de la explotación masiva de sus tierras con el desarrollo de cultivos de exportación y, posteriormente, incorporándose la actividad maderera industrial, haciendo que sus suelos se agoten, y al quedar sin protección contra el sol y la lluvia, mueren por la contaminación.

Es urgente tomar medidas para que no ocurra lo mismo con el Amazonas porque las consecuencias serían irreversibles.
Las selvas europeas han resistido porque están adaptadas a la rudeza del clima frío y de las glaciaciones. Sin embargo, hay que hacer una diferenciación de fondo, ya que no es el caso de las selvas tropicales húmedas, sobrevivientes de las glaciaciones. Ellas son prodigiosamente complejas y esto las hace frágiles. Con solo tocar a un eslabón de la cadena, se crean perturbaciones que van cada vez ampliándose más.

Si hay un sistema complejo es el de la selva tropical húmeda, con centenares de especies de árboles por hectárea y una gama increíble de formas de vida animal, pero la competencia allí es tan fuerte que cada especie no cuenta sino con un pequeño número de individuos. Es exactamente lo contrario a lo que ocurre en las selvas siberianas o del Canadá.
Aquellas no cuentan sino con pocas especies pero que alinean innumerables individuos, y se convierten en especies extraordinariamente sólidas.

De las ocho naciones que comparten la cuenca más grande del planeta, cada una enfrenta sus propios retos para la supervivencia del Amazonas: Brasil recientemente promulgó un nuevo Código Forestal que contiene una amnistía para los taladores, una enmienda que transfiere competencia a los estados para legislar sobre producción en áreas de preservación permanente del bosque, liberando entre 40 y 60 millones de hectáreas para su explotación. Dicho país no ha tenido control sobre la explotación maderera y las políticas siguen subvencionando y promulgando exenciones tributarias por deforestar la selva y dedicarla a la agricultura y la ganadería. Hace un par de años  se posibilitó legalizar el uso de 67 millones de hectáreas para su aprovechamiento comercial, y en 1988 se quemaron 32.000 kilómetros de bosques.

La selva amazónica colombiana corre cada día más riesgo por el avance de colonos y narcotraficantes que arrasan sus bosques primarios para sus cultivos y crean un impacto de grandes proporciones aún no del todo evaluado por los especialistas.

Sin embargo, en los últimos años, se han adelantado políticas a favor de las comunidades indígenas que hoy dominan más de 200.000 kilómetros donde se preserva el medio. Venezuela sufre la amenaza de la deforestación y contaminación de sus ríos por la minería ilegal. En  Ecuador, Perú y Bolivia es menos crítico el problema de los bosques amazónicos.

Guyana, Guayana Francesa y Surinam han podido mantener sus bosques debido a la baja intervención del hombre.
La amenaza que se cierne sobre la Amazonia y otras selvas del mundo solo puede ser contrarrestada cambiando los arquetipos en los modelos de explotación y con el desarrollo de tecnologías que permitan el uso menos extensivo de superficies terrestres: especialmente para la industria de la ganadería y del cultivo de soya.

Se debe proponer un marco regulatorio de carácter supranacional que legisle  la adecuada explotación de estos recursos estratégicos, algunos de los cuales no son renovables. Solo con la veeduría de todos los países se podrá mantener con vida este pulmón de la tierra asediado por el abuso del hombre, preservándolo para el sustento de la vida de futuras generaciones.

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